lunes, 21 de agosto de 2023

 ARGENTINAS Y ARGENTINOS

El atardecer era insoportablemente idílico en el basural Ratatouille donde el ave regional era la mosca. El resto del día era igual, rezumante de malos humores y era imposible no hallar semejanzas asimétricas con la biosfera del Taj Mahal. La basura se disponía aleatoriamente en primorosos montículos malolientes y las ratas circulaban graciosamente de norte a sur. A veces del naciente al poniente, pero era indudable que agregaban su cuota de existencia al ecosistema disruptivo. El piadoso crepúsculo cambiaba el color de las cosas empeorando aún más el deteriorado medio ambiente.
Los camiones que traían y volcaban los desechos urbanos, transitaban entre valles y cerros articulando una red de caminos internos laberínticos y transitorios. El relleno sanitario tenía vida propia, mucha vida, inferior y superior, que mutaba al compás del crecimiento de los muchos estratos que iban componiendo el albañal. El humo era otro animal autóctono del lugar. Los fuegos espontáneos creados por el calor de las fermentaciones, nacían y morían en horas, pero la fumada permanecía haciendo más surrealista el bruto paisaje antropomórfico.
En las riberas del relleno, un barrio privado se levantaba enmarañado. Privado de agua, electricidad, cloacas y otras ostentaciones citadinas, sus habitantes eran la barrera sanitaria entre la mísera y el desamparo. Para ellos la mañana no existía, esta era mecánicamente ocupada por los camiones que traían la mercadería. Al atardecer, en cambio, despertaban los demonios y tribus de recicladores y recolectores que sitiaban el basural, se desplegaban orgullosos para ejercer sus oficios carroñeros que como buitres desalmados rescataban todo lo que tuviese algún valor, plástico, metales, alguna joya extraviada y todo aquello que pudiera comerse. Día tras día, la feroz rutina iba y venía como una letanía de muerte olvidada por la sociedad, ajena al drama que se vivía en este muladar periurbano.
La acongojada y esforzada Argentinas veía otra cosa. Había nacido allí y el pútrido pandemonio era su lugar en el mundo. Las malolientes fragancias la retrotraían a los días de su infancia, cuando su patio de juego cambiaba de lugar tamaño y aroma cada día. Argentinas adolecía de toda abundancia y abundaba en toda carencia. En su temprana adolescencia sus glándulas endocrinas se pusieron en marcha y sus hormonas sexuales la inundaron hasta la semi asfixia. El calentamiento global ruborizó sus mejillas y el efecto invernadero hizo prosperar sus redondeces. De repente, los invisibles varones que la rodeaban tomaron carnadura y comenzó la cacería de un posible candidato. El más potable y buen mozo era su homónimo, Argentinos. Tenía la boca llena de dientes y la cabeza vacía de ideas pero era trabajador como su nombre echaba por tierra compostada. Su padre, desconocido pero talentoso, le había adjudicado al niño el nombre de marras por el club de sus amores, Argentino Juniors. La “s” de Juniors fue traspuesta con total elegancia y así quedó el nombre de Argentinos, en plural, cosa que lo nacionalizaba aún más, si es que se puede hallar algún mérito en el exabrupto. El bullir de las hormonas de Argentinas en su torrente sanguíneo le otorgaba un rubor invisible que ya había sentido muchas veces antes, pero pensó que era erisipela. Ahora, estaba segura, no era erisipela, era el despertar tardío de una hembra postergada por el ecosistema disruptivo. Esta hermosa fémina debía su nombre a su progenitor, ebrio por parte de padre y reproductor probado por todas partes. Torrontés, tal su etílico nombre, había elegido ese precioso nombre para su probable hija porque era el único que podría recordar entre sus borracheras y sus otros dieciséis hijos. Argentinas era la última nacida, la primogénita, porque se rumoreaba que era hija de Copulatio, un primo de Turri como apelaban sus acreedores a Torrontés. Un primo lejano que se había alejado del basural tentado por una beca en el MIT de Massachusetts. Otras amenazas más terrenales lo hicieron cambiar de basural lo que le ahorró a Copu el estricto examen de admisión al prestigioso Instituto y el papelonazo de aceptar que era un apasionado analfabeto.
La llegada de la primavera hormonal, cambió los colores de la vida de Argentinas quien comenzó a considerar potable a un montón de encantadores candidatos, hasta ayer totalmente idóneos para la cadena perpetua y hoy postulantes cándidos a príncipes azules. Modestamente, Argentinos parecía reunir todos los encantos Su cabello libre y enmarañado compartía su hedor con una opulenta nariz, rasgo evolutivo extremadamente deseable en el basural. Su verba ininteligible y casi inexistente, no aportaba nada a su currículo, pero este era un rasgo totalmente banal en este rudo hábitat. Sin embargo y a pesar de sí mismo, insinuaba palabras en lenguaje inclusivo, lo que subyugaba a “Argentines”, quien se disolvía al escuchar su nombre pronunciado en la jerigonza progresista. Su postura varonil y tanguera, la de Argentinos, lo ubicaba cómodo, en la “pole position” del corazón taquicárdico de la bella Argentinas. Un nauseabundo atardecer, una topadora de basura color rosa Dior, los arrinconó azarosamente y quedaron juntos cara a cara, horrorizados por la dantesca visión ¡Argentinas se enfrentaba, al fin, a su nuevo galán, Argentinos! ¡Eran tal para cual, dos brutos homónimos de genuina prosapia basurera!
Ya no se separaron más. Correteaban juguetones entre valles y montañas y planeaban un futuro de amoroso tormento rodeados de docenas de hijos carenciados. Los padres de Argentinas, Torrontés y Desechanza, ni idea tenían de los planes de su hija ocupados en mal nutrir y abandonar sus diecisiete hijos. Tampoco sabían que la historia entre Montescos y Capuletos estaba en mugrientos ciernes. Argentinos pertenecía a otra tribu, los Estercoleros, enemistados a muerte con los Sumideros, la tribu de su amada. Los amantes de Verona (el antiguo nombre de Ratatouille) ignoraban el asqueroso destino que deberían enfrentar.
Una noche de luna blanca, llena y hermosísima, Argentinas y Argentinos fueron a pasear sus amores a la laguna azul, un charco maloliente formado entre cerros apestosos. Se miraron a los ojos estrábicos y rubricaron un taciturno pacto de amor. La luna proyectó la sombra de sus rutilantes siluetas sobre la superficie del lago y este espejo moribundo (el único que devolvía algo en el relleno), hizo lo poco que sabía hacer ¡devolvió la silueta de dos redondeados lomos, dos agudos hocicos y varios afilados bigotes de dos glamorosas, refinadas y robustas ratas de albañal! 
El basural Ratatouille iba ser testigo de una cochambrosa recreación animal de la triste historia de Romeo y Julieta.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Deja aquí tu comentario