miércoles, 5 de enero de 2022

 DESAMPARADOS EN EL TEMIBLE CHACO BOLIVIANO

(CAP. 3 DE 4)


(Continúa del Cap. 2: “En ningún zoológico vi un animal de tan hermoso pelaje como ese”)

Una iguana reptó velozmente de la banquina al monte. Palomas torcazas levantaban vuelo en grupos desde los pastos altos del borde del bosque. Silencio, el hu huuu hu de las torcazas y los jotes revoloteando en lo alto.

Llegué al agujero a las 1730 h, 3 horas después. Un ritmo de marcha de 4 km/h. Mi trasero ya insinúa las primeras dolencias, escoriaciones, ampollas o qué se yo. Hallé durante la cabalgata una posición bastante cómoda. De costado, como mujer, con mi pie derecho apoyando sobre el bolso verde a manera de estribo. Byron estaba igual o peor. En calzoncillos, sucio, barbudo y muy delgado. Exactamente así pasó el día de ayer. Tirado en un hueco que se fabricó entre las cajas y valijas. A veces el olor a caca era insoportable. Se hizo encima varias veces y los calzoncillos así decorados danzaban en la alfombras y a cada rato Byron en los yuyos con un rollo en la mano. Ayer, que llovió todo el día, se llenó una zanja que cavamos atrás para tener acceso al diferencial trasero. Se había convertido en una pequeña laguna justo en la salida desesperada de Byron. De tal manera que había dos sonidos asociados: El chirriar de la puerta trasera al abrirse y el chapotear de los pies descalzos del hombre en la laguna. Corría unos 10-15 m y comenzaba las plegarias. Era lamentable. La diarrea tiene la maldad de inferiorizarlo al ser humano, hacerlo esclavo de sus necesidades orgánicas básicas. Quizás los síntomas no sean tan molestos como la incomodidad de sentirse prisionero de la mierda que sale en cualquier momento y a veces sin avisar. Le entiendo poco lo que habla pues parece que no tuviera dientes. Las mejillas se le han entrado y el aire al salir susurra. Está además insoportable con sus manías. No acepta consejos y todo lo quiere hacer a su manera. Ahora no se conforma con el Iodo y el cloro en el agua, además la tengo que hervir. A veces me enerva. Después lo perdono. Creo que he sido un inmejorable enfermero. Recordándole sus píldoras, preparándole té, recomendándole esto o aquello. Claro que el después va y se come media lata de damascos en almíbar que yo le había prohibido y después la cagadera otra vez. Naranjas también comió algunas. Queso de rallar, que era lo único que a mi manera de ver él podía comer y cuando se sintiera mejor no, porque al señor no le gusta. Entonces a apechugar carajo. Le conté lo sucedido y que al día siguiente partiría hacia Boyuibe por ayuda. Se mostró con poca esperanza. Y no era como para tenerla. El debería pasar al menos un día y medio solo hasta que yo regresara.

Esa noche cené fuerte. Seleccioné del resto de las raciones una lata de pavo, pasta de maní y galletitas de salvado. También unos buenos tragos de agua iodada. De sobremesa me acosté sobre mi cama asiento y me fumé unos 4 cigarrillos mirando el impredecible cielo. Me era ya indiferente si estaba estrellado o cubierto. Aprendí que eso nada significaba ya que esas condiciones cambiaban varias veces a lo largo del día y de la noche. Las garrapatas que acumulé en mi trayecto con Chico no me dejaron dormir bien. Mis piernas al rozar los pastos fueron cosechando docenas de ellas. Un gran porcentaje pasaron a Chico pero el resto me lo apropié. Habrán sido unas 15-20 que me caminaban desde dentro de las medias hasta el cuello. Por suerte ninguna fue ni a mi cabeza ni a la región inguinal. Parece que no son lugares apetecibles para los micro vampiros. Por si fuera poco se me rompieron los anteojos. Los pude reparar con un pegamento epoxi flexible durante la noche con escasa luz.


Día 6, sábado 3 marzo 1979: Desayuné bien. Una lata de una torta de frutas de la ración. Comencé a preparar mi bolso verde. Cuchillo, lona para lluvia y cobijo, repelente, jabón, lavandina. Tabletas de iodo, soga, pullover, cemento para mis anteojos que se me rompieron ayer, papel. Lápiz, vaso, repasador, brújula, hojas de afeitar, acetato de etilo para desprender garrapatas, etc. Y un pedazo de queso de rallar como toda comida. Evité llevar raciones por el peso. Ubiqué el bolso a horcajadas sobre Chico al que monté con el mandril de Don Flores y un cuadrado de goma espuma que tenía en el coche. Partí a las 0830 h con buen día. Chico, de regreso a casa alargaba el tranco. Corte una varilla para inyectarle decisión al borrico. Mi trasero ya se quejaba. Hice paradas cortas de cinco minutos para Chico y para mi parte posterior. A las 1100 h estábamos en Santa Anita. Tenía grandes o todas las esperanzas puestas en el Consuelo, una Estancia a 15 km más al norte. Sabía que había allí una camioneta porque la vimos a la ida cuando pasamos. Pero sábado de carnaval era difícil así que mi objetivo era Boyuibe. Mis cálculos decía 85 km, a 5 km por hora daban 17 horas de marcha, más paradas para descanso. Tal vez con suerte 19-20 horas. Entonces estaría allí a las 0430 h de la madrugada. Las horas del mediodía fueron como agujas de punta arriba por el sol y debajo, entre el lomo de Chico y mi poto. Hallé otra posición, sentado totalmente de costado como en el marco de una ventana. Y así llegamos a Consuelo a las 1530 h. Por fortuna era el lugar de la camioneta. Salió gente de inmediato cuando nos vieron y tuve grandes noticias cuando la señora dijo que su esposo, que llegaría a las 1800 h, me ayudaría con su camioneta Toyota. En el techado o rancho, además de la señora, había un matrimonio y dos chicos. Él era el dueño de la propiedad y el que varios años atrás había construido el camino para transportar nafta y gasoil a Filadelfia, la colonia menonita en el chaco paraguayo. A las 1800 h cayeron el esposo de la señora que me atendió, la casera, y su cuñado. Comenzaron las deliberaciones de cómo, cuándo y cuánto. Arreglamos en 1000 bolivianos para el día siguiente a las 0400 h. Se fue la luz y cenamos bajo la más completa oscuridad, guiso de arroz con batatas agrias, horribles. No me resultaron tan feas cuando por deducción descubrí que eran “plátanos”, totalmente desconocidos para mí paladar. A dormir. Cada cual se buscó su sitio en los alrededores, lejos del rancho. A mí me tocó hacerme una cama con un banco y sillas. Desde cada “cama” los ocupantes comenzaron a hablar, sacar el cuero a los vecinos y a tirarse pedos con picardía y festejos. Siguió la joda hasta las 2200 horas. Yo duré mucho más pero sacándome garrapatas. Silencio después, algo de temor a las vinchucas, mucho Off y sueño entrecortado. Un perro pasó a mi lado, muy cerca de mi cara, y casi me descompongo. No hay baño en el rancho y los perros son los agentes sanitarios que se encargan de la escrupulosa limpieza del área. Claro que las consecuencias de su abnegado trabajo no son muy aromáticas. Los 6 o 7 gatos además de joder se encargan de mantener a los ofidios alejados que salen de ronda especialmente al crepúsculo. Y haber, hay. Los automóviles son caros en Bolivia. Un jeep Toyota cuesta us$16000. Toyota es la marca dominante absoluta, después Datsun, Nissan, Isuzu. Los demás son escasos. Los ómnibus son camiones con una viga de madera a lo largo que oficia de pasamano o de cumbrera para la lona en caso de lluvia. Lo que más me llamo la atención en este país es con la inocencia, desparpajo o indiferencia (no hallo la palabra) con que se exhiben almanaques con mujeres semidesnudas o totalmente desnudas en todas partes. Negocios, almacenes, policía de tránsito, comandancias militares, dependencias del gobierno. No miré aun en las iglesias.


Día 7, domingo 4 marzo 1979: Nos dormimos todos. Partimos a oscuras a las 0520 h en un Toyota con tracción simple. Hasta Santa Anita fue relativamente fácil, de allí en adelante bravo. Pero el tremendo conocimiento de esta gente lo hizo fácil. Llegamos a las 0700. Byron estaba muy mal en su cubil. Había papeles y mierda por todos partes y calzoncillos cagados. Costó bastante sacar la camioneta. La pericia de la gente fue fundamental. Al fin salió mediante la tracción con una cadena que yo llevaba. Llegamos de regreso al Consuelo a las 0930 h. Saludamos, pagamos los 1000 bolivianos acordados igual a us$50 y seguimos hacia Boyuibe pues me aseguraron, juraron y perjuraron que de Chañeral no pasábamos, 5 km al E del lugar donde nos encajamos, o sea hacia el Paraguay. Byron quería seguir hacia Paraguay pero tomé la decisión de volver para ir hasta Camiri donde hay hospitales. ¿Podría creerse que a 10 km de Consuelo, sácate nos empantanamos otra vez? Quería morirme, patear, arrancarme los pelos, romper todo el coche. Eran las 1000 h. Pasado el ataque, retomé la calma, tome la pala, me descalcé, me metí en el lodo y comencé a tratar de liberar los diferenciales y el blindaje de la caja de transmisión que estaban clavados en el centro duro de la profunda huella. El problema del Suburban es que es muy pesado para este tipo de ruta y barro. Las huellas son profundas por el tránsito de camiones. El lugareño conoce los peligros que se esconden debajo de las traicioneros charcos pero el foráneo no y se va adentro. Trabajé hasta las 1300 h sin éxito. No se movía un milímetro. Al rato apareció un camión por el este, era don Carlos Sánchez y su gente. A él lo conocí en el Consuelo. Nos sacaron otra vez pero no ellos sino un Toyota de un aduanero que llego del Oeste no sé a qué. El camión, conducido por el mismo muchacho que nos sacó del pozo se ofreció a ir detrás de nosotros por cualquier problema. ¡Bendita y providencial idea! Faltaba aún algo de 50 km que se hicieron como 200. Zanjas, zanjones, badenes, charcos, lagunas, etc., etc. En una loma, saliendo del lecho seco de un rio, había una zanja profunda invisible desde mi posición al volante. Cuando llegué a la cima el impulso que traía para subir el terraplén me hizo caer en la zanja y por la violencia del impacto perdí el volante, caímos en una grieta y ¡volcamos de costado! La rotura del amortiguador trasero ayudo en el impacto y la falta de cinturón de seguridad más aún. En el fragor de la batalla no había reparado en que no me lo había puesto, ¡que error! Casi lloré. Creí que Dios me estaba castigando por algo. Pronto llegaron los del camión y sin decir nada comenzaron a estudiar la forma de sacarlo. Palearon tierra para rellenar los huecos donde apoyaba el lado derecho del auto. Luego cavamos zanjas para guiar las ruedas al salir. Y al primer tirón con el camión el Suburban se paró de un salto. No podía creer que hubiera sido tan fácil. Estos hombres saben una barbaridad de coches y camino de tierra. Creo que les agradecí infinitamente y les entregué los últimos bolivianos que me quedaban y nos despedimos.

Al final llegamos a Boyuibe a las 1900 h y nos fuimos inmediatamente al médico quien halló la tensión arterial normal, temperatura igual. Le recetó un jarabe, sopa y agua sin gas. En el comando militar, Byron se duchó en unas pobres duchas sin luz y casi sin agua. Yo me quité el barro que me enyesaba los brazos y nos fuimos a cenar. Al terminar partimos para Camiri a las 2030 h llegamos 2330 h, 3 h para hacer 65 km por el estado lamentable del camino. Fuimos a la clínica y lo internaron a Byron inmediatamente. Me mandaron a la farmacia a comprar suero y otros medicamentos. Viendo a Byron en buenas manos me fui al hotel Marietta, 70 bolivianos por día y a la cama a las 0200 h después de desembarrar los borceguíes, ducharme y quitarme 2 garrapatas que tenía prendidas e hinchadas en la espalda durante dos días. No las percibí.


Día 8, lunes 5 marzo 1979: En la clínica Byron estaba con suero solamente y antiespasmódicos. El doctor Claude Blanco no quiso medicarlo hasta conocer el resultado del análisis parasitológico que estaría para la tarde. Por fin y luego de un periodo importante de silencio, me comunique por radio con el SABCL desde una colina bastante apropiada. Por suerte después de una semana. Le pedí a Virginia que le comunicara a la Sra. Burson que el esposo estaba bien, internado, y que podía quedarse en Asunción, venir a Camiri o ir a San Pablo, lo que prefiriese. Byron continúa con deposiciones frecuentes. Algunas con sangre pero seguramente de las hemorroides. Creo que tuvo unas 14-15. El análisis dijo "amebiasis", una de las peores infecciones intestinales. No está cómodo. Echa de menos a su país en cuanto a atención hospitalaria. Se queja que no lo lavan, que no le traen la chata, que no hay la asepsia correspondiente, etc. Tiene razón, pero él es un enfermo jodido también además pocos países son como los EE.UU. y menos Camiri. Cené en Don Antonino por 58 bolivianos un revuelto de pollo. Pasable nomas y guaraná, siempre guaraná. En el hotel no hay agua potable. Del grifo sale un agua que viene directamente del rio, es turbia y no potable.


Día 9, martes 6 marzo 1979: Fue un día movidito. Byron mejoró notablemente por su tratamiento específico a base de Flagyl contra amebas y Trichomonas, vit. C, Terramicina. Suero glucosado y dextrosados , un antiespasmódico, Dolo-Adamon, un reconstituyente de la flora intestinal, Infloran de Berna y un antibacteriano de amplio espectro, Trifacilina 1000, un antiséptico intestinal antidiarreico, Enterolit S.Q. y un sedante Valium inyectable (uno a la mañana 0900 h y otro a la noche 2100 h). Este último fue sugerido por mí al ver la tensión de Byron ayer por las carencias de la clínica. El Valium le hizo muy bien, durmió o dormitó gran parte del día. En total tuvo unas 7-8 deposiciones lo que denota la mejoría. A la tarde le sacaron sangre para otro análisis.

Con el dinero andamos regular. Estoy pagando en medicinas un promedio de 400-500 bolivianos por día. Ayer Byron me dio 100 dólares para cambiarlos pues los Traveler Checks no son aceptados. En el banco me los cambiaron rápidamente los empleados a 20 bolivianos por dólar. Las gaseosas chicas cuestan 5 bol. y las grandes 10 bol. Un sándwich y una gaseosa chica 15 bol. Llamé al laboratorio de Hurlingham por la mañana y hablamos largo. Le dije a Virginia avisar a la Sra. Burson que no volara a La Paz pues no tenía conexiones desde allí ni desde Santa Cruz con Camiri hasta el viernes o sábado, que se quedara tranquila que estaba en mis manos. Al llegar a la clínica me dijeron que había llamado el cónsul americano en Santa Cruz y dijo que la Sra. Burson llegaría a La Paz esta noche. Preguntó por el enfermo y como andábamos de dinero. Me sorprendió que la Sra. viniera y pensé que tomaría un taxi aéreo. No pude volver a comunicarme con el SABCL a la tarde porque justo a la hora que debía hacerlo (teníamos horarios pactados) llego un misionero evangélico, Mr. Wry quien fue avisado por radio desde La Paz acerca del estado de Byron. Comprobó que estaba mejor, se ofreció por cualquier ayuda y se retiró. Fui después a mi “centro de comunicaciones” en el cerro a las 1730 h pero nadie me respondió. Por la noche Byron tuvo otra recaída anímica después de una deposición que no esperaba y consideramos la posibilidad de ir a Santa Cruz mañana para continuar allá el tratamiento en un hospital mejor. Acordamos decidirlo en la mañana siguiente en base a como transcurriera la noche. Para adelantarme, llamé al Cónsul esa noche por radioaficionado para saber de la esposa de Byron. Me dijo que no había viajado, que se quedaba en Asunción lo que me tranquilizó a mí y preocupó a Byron porque me di cuenta que la estaba esperando. Le expliqué qué tal vez todo fuera culpa mía, porque al tranquilizarla al saber por Virginia que estaba preocupadísima y que además la Embajada Americana había recibido un cable alarmante, yo habría sido el causante de la aparente despreocupación de ella, que no la juzgara mal. Cené y me fui a dormir temprano para llegar a la clínica a las 0700 cuando esperaba otra llamada del Cónsul.


(Continuará en el Cap. 4)

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