jueves, 10 de septiembre de 2020

EL RASTREADOR DE DRONES (ABSURDO DESCOMUNAL)

 El rastreador de drones

(Género del escrito: Absurdo descomunal. Mucho cuidado con este relato. Si no está de buen humor, o le da nauseas lo absurdo, mejor no se adentre en el relato. Si lo entiende y le gusta, usted esta del tomate. Si no lo entiende o no le gusta, también). 

Don Segundo Guerra era el primer parónimo pacífico del guerrero mexicano Octavio Paz, homólogo paradojal del escritor, pero se parecían en nada. Don Octavio, séptimo hijo varón consecutivo y consecuente de doña Pacífica Calma, solía disfrutar como nadie las noches de luna blanca. Don Segundo, hijo único del octavo matrimonio de su único padre, Aguerrido Guerra, prefería las noches oscuras de luna nueva. Eran dos verdaderos parónimos pero sólo por parte de madre. Sus irrespetuosos padres sólo se mandaban la parte. En parte debido a sus alocados caracteres y en otra parte gracias a sus desaparecidas fortunas.

Don Segundo y don Octavio nunca se conocieron, pero al momento de verse espalda a espalda, una poderosa y amañada empatía los inundó por completo hasta revalorizarlos de ira. “¿Delira este bribón?” Masculló boquiabierto Segundo; “¿de quién será este bidón?” gimió Octavio asustadizo. Se desentendían a la perfección, sin necesidad de palabras cruzadas ni de programación neuro lingüística. Poco a poco, raudamente, la mayéutica aristotélica los unió cada vez menos hasta fundirlos en una cosa informe. Tan fundidos estaban, ni un billete en sus bolsillos, que una bochornosa noche de invierno boreal comprendieron que no tenían ni una moneda y había que comer y beber desenfrenadamente hasta el amanecer austral. Ya no había escape, y ese que tenían sobre la mesa era de un Volkswagen 1940 que estaban restaurando compasión y sin orgullo. “Sensatez y sentimiento”, murmuró Octavio por lo bajo. Por lo alto, Segundo había integrado el regimiento de granaderos a caballo de San Martín, en su intersección con Corrientes. Fue entonces que el impávido, impecable e imperioso Octavio descargó a boca de tarro “¡estudiaré corrientes!” “¡Electricidad, querrás decir pedazo de bruto”, le enchufó Segundo, segundos después y elevando el amperaje! Varios electrones después todo volvió a esa anormal normalidad que discurría entre los dos parónimos.

Se avecinaba la vecina y la luna llena estaba en empedernidos ciernes. El sexto, séptimo y octavio sentidos de Octavio se descalabraron y éste sintió que su esencia lobizona —era séptimo hijo varón consecutivo, consentido y sin sentido— crecía en su interior. En el exterior, el mentecato de Segundo ignoraba todo. Pero todo, todo, todo. Carecía de total ignorancia. Cuando veía que a Octavio le crecían los pelos en la cara, las uñas y los dientes, pensaba que los carnavales se acercaban y Octavio estaba probando otra vez su obligado disfraz.

—¡Yo me disfrazaré de Big Bang!— descerrajó el ignorante cósmico y corrió a la verdulería a comprarse una escopeta

Ambos dos parónimos, pronto comprendieron que no podían pasar la vida pelando y comiendo pollos de campo, pero de campo, campo, con plantas y esas cosas con clorofila. Octavio era un pésimo lobizón y lo único que se animaba a cazar eran gallináceas cobardes. El hermano de Segundo, Río Tercero, reconocido entrenador de perros Chihuahuas y lobizones, se ofreció a punta de pistola a educar a Octavio. Río Tercero, como su nombre lo indicaba, resultó ser un furibundo inservible. Su iracundo entrenamiento transformó al pelandrún Octavio en un lobizón vegano, políticamente correcto y de lenguaje inclusive. Así los quesos, Octavio, luego de sus trasnochadas incursiones, regresaba con brócolis, zanahorias, rúculas y otros vegetales anti cancerosos, autosustentables, reciclables, ecofriendly, pero no orgánicos. Exultante de pánico, Segundo decidió mejorar los ingresos trabajando para el ubérrimo Uber. Se apropió legalmente de un Toyota híbrido, mitad auto, mitad camello y las cosas comenzaron a cambiar. Para mal, porque mal de muchos consuelo de multitudes.

Segundo y Octavio, parónimos de raza, escribieron luego varios libros de autoayuda en coautoría con Donald Trump y el inmaduro Maduro e hicieron una fortuna, pero la dilapidaron ipso facto pagando indemnizaciones a tanta gente arruinada por las inútiles e inservibles ideas promulgadas en sus gruesos libros de lomos dorados.

A estas alturas, 2350 m sobre el nivel del mar, los primorosos parónimos habían probado todas las opciones de género y decidieron adoptar una insana convivencia bajo la misma techumbre. La armonía musical retornó al hogar, ahora color fucsia Dior, decorado con puntillosas puntillas y variopintos vidriosos vitrales. Los hijos, de vientres subrogados, comenzaron a acumularse por toda la casa hasta convertirse en un atroz y devastador encanto. Los más viejos, con demencia juvenil prematura abandonaron a empujones el hostil hogar y emigraron a Uganda para seguir probando infortunios, una especialidad francamente heredada de sus progenitores no consumidos.

Todo el caos posible funcionaba a la perfección en la mansión amanerada de Octaviano y Segundín, tal los nuevos topónimos adoptados por la infeliz pareja. Cansados de tropezar, década tras década con la intransigente hemofilia, los insidosos parónimos dieron por terminada su etapa Prat Gay y robaron un lujoso velero abandonado para viajar y establecerse en su futuro destino de gloria, credos y otras oraciones: el Vaticano. Comprobaron aterronados, que las velas de parafina del velero no los iban a llevar a ningún lado y compraron con los magros últimos ahorros un viaje de primera clase en KLM, una aerolínea de low profile. Fue un vuelo relámpago, con truenos y rayos también. Al llegar al Vaticano fueron recibidos y generosamente profanados y abusados por el enviado papal y otras altas y anchas autoridades de gran penetración en el entorno eclesiástico. La hemofilia, practicada durante años por Octaviano y Segundín, los había convertido a ambos en homónimos. La oscura contubernidad vaticana los hizo transitar por momentos de tránsito lento cuando los laxantes y purgantes se hicieron moneda corriente. Luego, cuando la pedofilia, la pederastia, la pedorrea y otras ventó ciudades intestinales casi los intoxica, abandonaron las intrigas palaciegas y establecieron sus abusados traseros en los jardines papales, donde además de papas se cultivaban batatas y malva. Mucha malva: Esta milagrosa hierba medicinal es consumida por toneladas en este reino, por sus abusivas propiedades. Se la utiliza para baños de asiento y sufrimientos traseriles. La manzanilla y el boldo, de reputadas propiedades digestivas son abusivamente ignoradas en este terrorífico territorio. Todos tragan sapos y otros batracios y gozan de absoluta salud e impunidad.

Los homónimos, homogéneos y omnipotentes, exigieron una burla papal y la obtuvieron al instante. Una compulsiva comitiva comisionada para la triste misión los echó a patadas en el culo, el blanco preferido de la curia.

Los expurgados homónimos sudamericanos Octavio y Segundo, devenidos a su heterogeneidad original y copia, deambularon por el mundo en busca del Santo Grial, una actividad muy pasada de moda. Sus amigos de Facebook, Instagram y Twitter los dislaikearon a mansalva y le cerraron las narices en sus puertas.

En el final de sus vidas, Octavio retornó a su México natal, con el muro de Trump a punto de ser inaugurado. Como el prontuario de Octavio lo precedía y perseguía, no fue invitado a la colocación de la piedra filosofal del muro. En cambio se tomó medio litro de tequila y dio una clase magistral en Alcohólicos Homónimos luego de la cual los participantes se chuparon hasta el agua de los floreros. Octavio, falleció a una edad semi abundante de muerte “Natural”. Lo atropelló un camión que transportaba aceite marca “Natura” cuando conducía por la interestatal J666Trumpgay. Su ADN autopsial forénsico-estatal confirmó las sospechas ¡era hijo de Maradona!

Don Segundo, regresó a la Argentina y en migraciones fue inmediata e impertinentemente detenido, confundido con el gauchito Gil quien todavía tenía deudas con la justicia. El estrés y los denodados esfuerzos rectales por demostrar su aparente inocencia, le produjeron a Segundo una acaudalada disentería que lo catapultó primero a muchos baños de la región y segundo (perdón por la redundancia) a una postulación a la jefatura de Obras Hidráulicas de la provincia de Corrientes, la cual obtuvo por inundación.

Segundo Guerra, parónimo primero y homónimo después de Octavio Paz, murió de uña encarnada anoréxica y anaeróbica por falta de oxígeno cuando algún majadero de la familia tiró mal la cadera del inodoro y la casa se inundó hasta el techo. El ADN autopsial no dio nada porque en la Argentina la única autopsia válida es la última de varias docenas anteriores alpédicas. Como se sospechaba desde que era un gurí prometedor (era un mitómano, fabulador, izquierdo-derechista y neo liberal-populista) resultó también ser hijo de Maradona. 

Al fin se terminó, ¿no?

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