miércoles, 12 de agosto de 2020

EL VIOLÍN DE MARTA (FICCIÓN)

 EL VIOLÍN DE MARTA

Y

a era tarde cuando François llegó con la respiración entrecortada a la ladera oscura del bosque. Los árboles lo rodeaban lúgubres y negros. Sólo arriba, entre las copas translúcidas, asomaba la luz temblorosa y pálida de la luna entre las ramas, que se quejaban cuando la ligera brisa de la noche las tomaba en sus brazos. De vez en cuando resonaban extrañas llamadas de lejanos pájaros nocturnos en el apretado silencio. Los pensamientos se le paralizaron por completo en esa aprensiva soledad. François sólo esperaba, esperaba y miraba fijamente si allá abajo, en la curva de la primera serpentina ascendente, asomaba la luz roja del tren. De vez en cuando consultaba nervioso el reloj y contaba los segundos. Luego volvía a prestar atención al lejano grito del tren. Pero era imaginación suya. El silencio era total. El tiempo parecía haberse congelado.

—No pasó el tren —dijo François agitado apenas abrió la puerta de la cabaña. Arnaud lo miró sin entender.

—Es que si no pasa el tren en horario los compradores no vendrán mañana. Ese era el acuerdo y ahora sabemos que deberemos continuar con falta de provisiones hasta nueva comunicación con ellos.

—De seguro el whisky no faltará —comentó risueño Arnaud festejando su pícaro comentario.

—¿Y cuándo lo sabremos? —preguntó Marta.

—Imagino que en los próximos días, pero no tengo certeza. Ellos aprovechan el viaje de alguien que viene para la comarca para enviarnos un mensaje, pero ya sabemos que eso no ocurre con frecuencia —dijo François con amargura.

—Qué pena, estoy esperando lana para tejer unos abrigos para el invierno que ya casi tenemos encima —dijo Marta acariciando su amigo violín de quien prácticamente no se despegaba un minuto.

—Y yo una bicicleta —dijo sarcásticamente Arnaud mientras largaba una risotada que irritó los ánimos abatidos de los otros dos. La situación era desesperante, a pesar del ánimo despreocupado de los tres. El invierno era sumamente crudo en las montañas, con mucha nieve, y las provisiones faltantes eran vitales para subsistir. Sin embargo, ninguno exteriorizaba el dramatismo del momento, tal vez curtidos por muchos años de escasez y temple.

—Anda, Marta, toca esa canción que tanto me gusta así nos alegramos un poco —dijo Arnaud.

Afuera, las sombras cubrían el piso y el amargo firmamento de esa pequeña comarca de los Apalaches, cerca de Bellevue, Tennessee.

Marta nació ciega en un hogar humilde y marginal de los montes Apalaches. Sus padres integraban una pequeña comunidad de excluidos que vivían al margen de la sociedad destilando licores, wiski esencialmente, durante la llamada Ley Seca. Abrumado por las penurias de la situación, se separaron y huyeron en direcciones desconocidas. Marta se crió con un tío a quien no le hizo mucha gracia la triste historia, pero que aceptó sin más remedio a Marta. Los primeros años de la niña transcurrieron normalmente, si es que algo había de normal en esta historia. Se aficionó tempranamente a un viejo violín que había en la casa y ese ruinoso instrumento hizo mucho más benigna su triste soledad.

La adolescencia pasó como un suspiro y un día muy frío de enero Marta entró en una etapa biológicamente diferente, pero exactamente igual a cada día de su vida anterior. Su tío, Arnaud, hermano de su padre, hizo lo que pudo para la supervivencia de Marta, pero no mucho para su educación. La comunidad de licoreros no tenía escuela. Había una mujer, Margaret, que daba algo de instrucción básica a los niños. La ceguera de Marta y las borracheras de Arnaud se opusieron a la formación de ésta, que apenas aprendió a leer y escribir. La Divina Providencia se encargó de iluminar a Arnaud para que le regalara a Marta un violín mejor y éste se convirtió en el leitmotiv de su dueña. La sobriedad, monotonía, y carencias eran sus compañeros diarios. El violín era su amigo, su compañero, su amante, y pasaba horas acariciando sus cuerdas, sin métodos ni partituras, sólo imitando discos que tocaba una vieja vitrola. A los 40, Marta permanecía soltera y sin novios ni candidatos. Un día, apareció François, amigo de Arnaud, quien se interesó en la belleza y ternura de Marta. Nada cambió después del matrimonio oficiado sin oficio por el santurrón de la comunidad, Arthur. En realidad, sí hubo un cambio. Los hombres de la casa agregaron una pared de madera a la cabaña, y el cuarto del nuevo matrimonio estuvo concluido. Era obvio que para la nueva familia los magros ingresos no alcanzaban para otra cosa.

Marta y François no tuvieron hijos. No había medios en la comarca para señalar al culpable de la infertilidad ni la cosa tenía trascendencia. El Señor, así lo había decidido y se aceptaba su sabiduría sin mayores quejas. Creo que el creador se apiadó de estas dos criaturas y decidió no hacerles la vida aún más dura. Al fin y al cabo, un hijo era una boca más para alimentar y para los dos padres eso estaba bien. François no se destacaba por poseer ningún talento y por el contrario, su intelecto era el adecuado para la vida simple que le había tocado. Ayudaba a Arnaud en la destilación y venta de whisky, la ocupación básica de la comunidad. Ésta tenía contactos con un grupo de “fueras de la ley” de Bellevue, un pueblito no muy lejos de Nashville, Tennessee. Una vez por mes, los compradores de Bellevue, se acercaban a la comunidad hasta donde llegaba el camino, y Arnaud y François les acercaban en una carreta unos treinta barriles de licor. Los compradores se llevaban el producto y pagaban casi todo con mercancía y con los insumos necesarios para fabricar más licor. Casi ajena a estos movimientos, Marta se aferraba como un náufrago en una tempestad a su amado violín del cual surgían notas más o menos afinadas. ¿A quién importaba la limpieza de un Sol o la claridad de un Fa, en ese mundo de privaciones?

A los 60 años, nada había cambiado en la vida de Marta, excepto que ahora François tenía mucho más trabajo. Arnaud había envejecido bastante y su apego al alcohol lo tenía casi postrado en su cama o en su reposera del porche. Podría afirmarse que el futuro no era nada halagüeño para la pequeña familia de los tres licoreros. La comunidad se había ido achicando bastante por la vida dura de las montañas y muchos habían emigrado hacia el norte, a ciudades más prósperas como Chicago o Detroit. Sólo quedaban tres familias y la producción de licor estaba en un mínimo para las molestias que debían tomarse los compradores. Para colmo de males la ley seca estaba llegando a su fin.

Nada nuevo hay bajo el sol, pensaba Arnaud. Ahora que casi no puedo moverme, añoro aquella juventud cuando dábamos todo por sentado, la agilidad por ejemplo. Este reuma me está matando y el alcohol no ayuda, pero ahora más que nunca el whisky es un compañero en este lugar de penurias y soledad. La miro a Marta resignada a su suerte, como siempre fue, y me retrotraigo a nuestro pasado. Quedó a mi cuidado desde muy pequeña, cuando mi hermano y su mujer, los padres de Marta, no soportaron más la vida en la comunidad, se separaron y huyeron despavoridos en busca de otra vida. Al principio no me agradó la responsabilidad nueva pero no tuve más remedio, yo era su tío y el único que podía cuidarla.

Por aquellos años, mi mente estaba siempre tan ocupada en sobrevivir que casi no me acuerdo mucho de la niñez de Marta. Mis continuas borracheras ayudaban también a opacar las vivencias de aquel tiempo, mucho mejor que este, por cierto. Así como la mente se niega a traer detalles, los trazos gruesos de nuestra convivencia están claros en mi cerebro. Marta fue una niña buena, dócil. No creo que haya sido por su ceguera, pienso más bien que era y es de una naturaleza calma. Ese violín destartalado fue una bendición para los dos. Ella pasaba horas junto a él, a veces sacando sonidos a sus cuerdas, y otros sólo acariciándolo como a un perrito. ¡Pobre mi niña desvalida! Con que poco se conformaba y sólo eso era lo que yo era capaz de brindarle. Un día, comprendí que la niñez se había ido, que ya era una mujer, una tierna y callada mujer. François no era un gran candidato, pero Marta no podía tener ni grandes ni pequeñas pretensiones. Ambos lo aceptamos sabiendo lo poco que tenía arriba y que compensaba con sentimientos sanos. Agregamos una pared a la cabaña y cuando estuvo lista, Arthur, pronunció una cita de la Biblia, y los casó.

¡Oh, Dios, como pasa la vida! Nos pasó por arriba, a los tres. Estamos ahora en una situación desesperada con los recursos mínimos de subsistencia, y casi no me viene a la mente nada sustancial de la vida adulta de Marta. Pienso que la monotonía transcurría pisoteando una etapa y la otra y la siguiente y parece que nada interesante ocurría en este cruel aburrimiento de los cementerios. Los barriles continuaron llenándose con el jugo de los alambiques y las rocas cubriéndose de nieve.

François acaba de entrar agitadamente a la cabaña con malas noticias. Pésimas noticias, a decir verdad. En su ingenuidad, él no registra la gravedad del momento. Cree que en cuestión de días los compradores se acercarán a la comarca a continuar nuestro modesto comercio, pero yo no pienso así. Ya no somos negocio para ellos, el poco licor que podemos producir no justifica sus molestias. Lo veía venir hace un par de años y creo que ya estamos allí. Nuestro destino está sellado y seguramente no pasaremos el invierno. Igualmente no voy a agitar el avispero para asustar innecesariamente a los ingenuos. Sólo seguiré el juego hasta que la maldita monotonía nos devore, mucho antes que el hambre, la sed, y el frío.

 

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