LA
MANCHA EN LA PARED
A
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zul
azabache, tu cabello largo al viento que peinaba nuestros cuerpos en la
montaña. Altas cumbres tan altas como nuestros amores, tan fríos como nuestras
distancias, tan blancas como nuestros silencios. Dos almas al viento como
veleta alocada y sin destino. Dos corazones cercanos, distantes, fríos y
ardientes.
La
arena nos llenaba los ojos que no tenían qué mirar, sin futuro, solo un
presente vacío. El amor era eso, únicamente eso, pura piel descarnada y sin
sangre. Nuestros cuerpos, lo único tangible, débiles, sin contenido. ¡Qué
triste, esa tristeza del mar interminable, agotador, mortal!
La
soledad de un cuarto de conventillo donde se guarecía nuestro dolorido amor no
alcanzaba para nada. Contener nuestras diferencias, nuestras dudas, nos alejaba
como la tierra del sol. Ingenuos, esperando que los astros se alinearan a
nuestro favor, que las ruanas se acomodarán según nuestros deseos. Norte, Sur,
Oeste y Este, siempre en las antípodas nuestros sentimientos. Carruajes de
fuegos no nos transportaban a ningún lado. Ese fatuo amor y ese tiempo
perduraba a pesar de nosotros, álamos temblones incapaces de entregar sus almas
al gran dios del amor. No hay mayor vergüenza que la de fallar en lo más
sublime del ser humano. Pero esa tenue y finita piel nos uncía como bueyes a
una carreta. Y adelante, por el camino hacia la nada. Nada somos, en nada nos
convertiremos. Nuestro amor no tiene destino y se extinguirá como una rosa que
entregó toda su belleza y todo su perfume. Nave insignia de mi desastre, Juana
de Arco de mis hogueras.
Esa
mancha en la pared es lo único notable que quedó de ella en este cuarto,
huérfano de sentimientos. Tiene tu forma o quiero que así sea, que importa ya.
Otra vez solo, morimos los dos sin morir, sin exhalar el último aliento. Me
gustaría quitarla pero no puedo. Quiero regodearme en mi dolor ¡mancha maldita!
Aún te quiero y aún te odio, mujer.
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